En la Bristol, al mar se entraba en casilla
Hace más de un siglo, la Bristol imponía trajes que cubrían del cuello a las rodillas: las casillas rodantes llevaban bañistas directo al mar sin exponerse.

Hoy la Bristol es reposera, sombrilla y gente caminando en ojotas; hace más de un siglo, llegar al agua podía requerir una casilla de madera con ruedas. La postal, que ahora parece salida de otro planeta, era parte de las reglas de decoro que ordenaban los baños de mar en los primeros años turísticos de Mar del Plata.
Las casillas rodantes funcionaban como vestuarios móviles. Los bañistas se cambiaban adentro y eran llevados hasta la orilla para evitar circular en traje de baño frente al resto de la playa. No era una excentricidad aislada: las normas de la época regulaban qué prendas podían usarse, cuánto cuerpo debía quedar cubierto y hasta por dónde se podía caminar después de salir del agua.
Las restricciones venían de antes. En enero de 1880, según crónicas históricas, dos jóvenes fueron detenidas por la Policía tras usar trajes de baño que dejaban visibles brazos, piernas y escote. El episodio derivó en reglas todavía más estrictas. En 1888, el Reglamento de Baños prohibió bañarse desnudo y exigió prendas que cubrieran el cuerpo desde el cuello hasta las rodillas.
La playa también estaba dividida por género y las casillas ayudaban a sostener esa separación. Al principio eran pocas, podían ser usadas por varias familias y se retiraban luego de cada jornada para que la pleamar no se las llevara. En 1887 se colocaron tablones frente a esas estructuras: una forma temprana de organizar el espacio balneario que hoy parece imposible de imaginar en la Bristol llena de gente.
En esa historia aparece Fernando Catuogno, el Negro Pescador, un italiano que llegó a Mar del Plata a los 16 años y quedó ligado para siempre a la costa. Pescador y calafateador, instaló un balneario en la Bristol, acercaba su casilla rodante hasta el agua, cuidaba pertenencias y auxiliaba a bañistas.
La reglamentación de 1911 mantuvo la lógica: había que ir de la casilla al mar y volver sin pasearse ni detenerse en traje de baño. La Bristol actual no se entiende sin esa contradicción: el mismo lugar que hoy es sinónimo de exposición al sol alguna vez obligaba a entrar al agua prácticamente escondido.
Las casillas rodantes funcionaban como vestuarios móviles