Un hombre en Mar del Plata logró lo que muchos quieren: atención. Pero lo hizo a lo grande, y con un toque de drama. Imprimió y pegó carteles por todo el barrio diciendo que se le había escapado una boa. Sí, una boa constrictora, de esas que ves en documentales y no quieres en tu jardín. Pero resulta que era puro cuento para promocionar su negocio. La boa nunca desapareció porque nunca existió.
Esto no cayó muy bien entre sus vecinos. Imaginate, pensar que andaba una serpiente gigante suelta por ahí. Al principio, el rumor volaba más rápido que un influencer en Twitter, con todos en alerta máxima, atentos a cualquier movimiento sospechoso entre los arbustos. El tipo podría enfrentar sanciones legales por esta jugada, por más ingeniosa que parezca al principio.
Estas prácticas polémicas nos llevan a preguntarnos sobre los límites del marketing creativo. ¿Dónde se cruza la línea entre lo osado y lo irresponsable? La idea de una boa perdida pudo haber resultado en algo más que un susto. Podría haber movilizado recursos de seguridad, dinero de los contribuyentes que ya tiene suficiente con ver a dónde va.
En Mar del Plata, la onda de «hagamos todo por el marketing» ya no parece tan copada. Este tipo de acciones pueden llevar a sanciones que no solo tocan el bolsillo del que se las manda, sino que también nos hacen pensar si es justa la carga que terminamos pagando todos, directa o indirectamente.
La pregunta que nos deja este episodio es simple: ¿es válida cualquier estrategia para promocionarse o deberíamos ponerle freno a la creatividad que amenaza la paz del barrio?
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