El martes arrancó con una noticia que duele: Anita, la joven promesa del vóley de 15 años, falleció después de estar tres días en terapia intensiva. Todo por un choque brutal en la ruta 88, donde un remise que la llevaba se estrelló contra un camión. Para colmo, el chofer del auto tampoco sobrevivió al impacto: otra víctima de la jungla de asfalto.
¿Por qué nos importa tanto esto? Porque más allá de las estadísticas frías, detrás de ellas hay personas, sueños y familias destrozadas. La inseguridad vial es una de esas cosas que parece no importar hasta que te toca bien de cerca.
Mar del Plata no es ajena a esta tragedia. A veces nos olvidamos que nuestras calles, rutas y autopistas son escenarios de riesgo constante si las cosas se hacen al azar o si el control brilla por su ausencia. La seguridad no puede ser un mero discurso; tiene que bajar a la tierra, a la ruta, al kilómetro donde no te lo esperás.
Anita era parte de una comunidad deportiva que hoy la llora, y como marplatenses, nos toca sentir ese vacío. Cada vez que una luz se apaga así, nos deberíamos preguntar cómo prevenir la próxima.
¿Cuántas más como Anita? ¿Cuándo vamos a poner la vida por encima de la velocidad, el caos y la desidia?
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