Caminás por el centro de Mar del Plata, pisás el asfalto, tomás un café, seguís tu día. Lo que no sabés —y nadie te dijo— es que debajo de tus pies posiblemente todavía corre agua de un lago que existió de verdad, tuvo nombre, tuvo botes, y después simplemente… desapareció de los registros como si nunca hubiera estado.
El Lago General Paz era un espejo de agua dulce abastecido por vertientes naturales, donde los marplatenses de otra época paseaban en bote y los visitantes lo ponían en sus postales. No era un charco, era un lago de verdad, en el corazón de la ciudad. En algún momento del siglo pasado, alguien decidió que eso no encajaba con los planes de expansión urbana, y el lago dejó de existir —al menos oficialmente. Desapareció de los mapas, de los registros, de la memoria colectiva. Como si borrarlo en papel alcanzara para borrarlo de la tierra.
El dato que te va a romper la cabeza es este: según fuentes que rastrearon la historia, el agua podría seguir fluyendo bajo la superficie. La ciudad creció encima. Las calles, los edificios, los bares donde tomás terere en verano: todo construido sobre algo que el municipio prefirió ignorar en lugar de preservar. No es una teoría conspirativa rara —es la historia real de cómo Mar del Plata borró parte de su propio paisaje para seguir creciendo sin preguntarle a nadie. Lo que fue lago hoy es vereda. Y nadie te pidió opinión.
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