Imaginá bajar de tu 4×4 un segundo y cuando levantás la mirada, ¡pum!, desapareció. Eso le pasó a un vecino de Mar del Plata en Ortega y Gasset y Valencia, donde unos motochorros decidieron que era su día de suerte.
La seguridad en la ciudad se siente como si estuvieras jugando al escondite, pero los que se esconden son los patrulleros. Para los que vivimos acá, ya no es solo una anécdota: va directo al top de nuestros miedos diarios.
Esto no es nuevo. Historias como estas suman al clima de sospecha continua en la ciudad y nos hacen pensar en otras épocas donde, al menos, la paranoia ponía los pelos de punta con razón.
Lo concreto: un vecino más que tiene que lidiar con el drama de llamar al seguro, hacer la denuncia y, posiblemente, nunca ver ese auto de nuevo. Y mientras tanto, ¿qué hace un marplatense? Abunda la bronca.
¿Hasta cuándo tenemos que vivir con el miedo de que nuestra propiedad es solo un préstamo hasta que alguien decida lo contrario? El verdadero problema no está en el robo del auto, sino en la falta de respuestas.
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