Los conventillos que escondía la postal de Mar del Plata
Antes de la postal aristocrática, patios, cocinas colectivas y alquileres impagables marcaron la vida obrera de Mar del Plata.

Antes de los edificios frente al mar y las postales de la Rambla, Mar del Plata también se organizaba alrededor de patios compartidos, piezas sin ventanas a la calle y alquileres que podían comerse medio salario. A principios del siglo XX hubo varios conventillos en la ciudad, pero tres quedaron especialmente ligados a la historia obrera local: los de Avenida de los Trabajadores y Gaboto, España y Colón, y el enorme de Mitre y Belgrano.
Este último era conocido como el conventillo del Bar de Constante. Detrás de un portón doble de madera sobre Mitre, una casona de dos plantas reunía a familias inmigrantes en torno a un gran patio con una higuera. Las habitaciones daban a galerías y pasarelas de madera, mientras los baños, las duchas frías, los piletones para lavar ropa y una cocina colectiva formaban parte de una rutina compartida.
El Bar de Constante, en la esquina achaflanada de Belgrano y Mitre, era almacén y punto de encuentro. Allí se compraba lo necesario para el día, pero también circulaban conversaciones entre trabajadores, idiomas de ultramar y discusiones sobre las condiciones de vida. La ciudad que se vendía como balneario aristocrático tenía, a pocas cuadras de la costa, una trama obrera mucho menos visible.
Ese contraste explotó en 1907, cuando propietarios de casas de inquilinato aumentaron los alquileres ante un nuevo impuesto inmobiliario. Según las crónicas de la época, el alquiler podía pasar de representar cerca del 30% a la mitad de un jornal obrero. La huelga de inquilinos, nacida en Buenos Aires y replicada en Mar del Plata, convirtió los patios en espacios de organización y resistencia contra los desalojos y las malas condiciones sanitarias.
Las mujeres tuvieron un papel central en esas protestas, mientras que la represión estatal dejó víctimas y deportaciones de referentes obreras en el país. En Mar del Plata, los reclamos involucraron a familias vinculadas al puerto, las canteras y las obras que levantaban la ciudad turística. La pregunta que deja esa historia sigue siendo incómoda: ¿cuánto cambió la pelea por poder vivir cerca del trabajo sin entregar todo el sueldo?
La ciudad que se vendía como balneario aristocrático tenía, a pocas cuadras de la costa, una trama obrera mucho menos visible



