Dos tipos se subieron a sus caballos, entraron a un kiosco céntrico de Miramar a las 6.30 de la mañana del sábado, agarraron la mercadería que quisieron y se mandaron a mudar. Sin correr. Sin apuro. Como quien va a comprar facturas. Todo grabado en cámara.
La escena, que parece sacada de un western filmado en la costa bonaerense, ocurrió en pleno centro de Miramar. Los dos hombres montados entraron, tomaron lo que pudieron y salieron al trote mientras las cámaras de seguridad del local capturaban cada segundo. El nivel de desparpajo es tan alto que cuesta decidir si da más bronca o más risa. Spoiler: las dos cosas.
Lo que queda después de ver esto no es solo el asombro por el método —que, seamos honestos, tiene un nivel de originalidad que casi merece respeto involuntario— sino la pregunta obvia: ¿en qué momento estamos cuando dos personas a caballo pueden asaltar un negocio a plena madrugada y escapar sin que nadie haga nada? El kiosquero laburando, las cámaras grabando, y los caballos ya iban por la tercera cuadra. Miramar, siempre sorprendiendo.
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