Una marca de ropa conocida en Mar del Plata baja la persiana en una de sus sucursales y ya nadie se sorprende. Lo que sí sorprende es que sigamos normalizando que el centro se vaya vaciando de a poco, como si fuera inevitable, como si no hubiera nada raro en ver locales cerrados donde antes había gente probándose ropa un sábado a la tarde.
La marca achicó estructura. Eso en criollo significa: menos puestos de trabajo, menos opciones para comprar en la ciudad, y un local vacío más en una cuadra que ya los tiene. No es el primero que cierra este año y, a este ritmo, no va a ser el último. Los comerciantes de la zona lo vienen avisando hace meses y la respuesta que reciben suele ser un comunicado institucional o un silencio que ensordece.
Para el pibe o la piba de 25 que laburó en retail, que compró ahí alguna vez, o que simplemente camina por el centro y ve más rejas que vidrieras, esto no es una estadística: es el barrio cambiando para peor en cámara lenta. La pregunta que nadie responde en serio es cuántos cierres más hacen falta para que alguien con poder de decisión se deje de joder y haga algo concreto.
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